Cosas que trae la primavera. Abrir las ventanas y dejar correr el aire que acerca ruidos de otros mundos: las campanas de la iglesia los sábados a la tarde, los trenes que se escuchan solamente por las noches y las conversaciones ahogadas de los departamentos vecinos. Esos ruidos que contaminan la vida propia como los aeroplanos que vuelan los cielos del conurbano con las promociones de algún supermercado.
Como entre en un decorado de película posguerra camino por el subterráneo en la estación nueve de julio. Hay gente que te empuja por todas partes. Eso es bueno, antes ni siquiera había espacio como para los empujones. Los tablones, el polvo y los pilotes de madera, los pisos improvisados y obreros con casquitos que trabajan andá a saber en qué. Entre todo ese caos, veo un cartel, provisional también como todo en ese lugar salvo cierta opresión, con la foto de una chica sonriente. Debajo de la foto, la leyenda dice: “Pulmones para Vanesa”. Me cuesta como un par de estaciones entenderlo.
Termino la última clase del día y la última del año. Guardo mis cosas, manoteo en la cartera buscando mi encendedor. El aula, enorme para ese curso y esa hora, está casi en penumbras. Los tubos se fueron quemando uno a uno durante los meses de clases. Aprendimos a movernos en el aula buscando la luz, buscando los que todavía no se hubieran quemado, los que no hicieran ruido. Ahora, estamos perdiendo el tiempo y hablando de nada. Los chicos se acercan al frente y ocupan los espacios que durante las clases evita. Uno se apoya en el escritorio, otro escribe un mensaje para su amigo en el pizarrón y los demás estamos sentados en el borde de la tarima. Uno me cuenta una anécdota de una clase. Otro me pregunta por la nota de su amiga y por celular se la pasa. Me cuenta que apostaron una docena de facturas. Una de las chicas viene a ver su examen con cara de pánico. Se saca un auricular que queda colgando desde su cuello y me dice “tengo miedo”. Afuera llueve, hay tormenta. Le pregunto qué escucha, mientras busco su trabajo. Radiohead, me dice, “como para no tener miedo”, le respondo. Después de un rato, deciden irse. Me saludan con un beso y se van.
Porque de chica a mí me gustaban grandotes.
No, no vi nevar, pero vi la pelusita caer de los paraísos, desordenada, cayendo despacio, entre los agujeros de luz que el sol del mediodía recorta, desde arriba, bien recto, construyendo manchas de luz que salpican la sombra. Así, desde arriba la pelusa caía entre el verde nuevo de las hojas y se acumulaba en el suelo, armando baldosas marrones. De pronto, un poco de viento. Poco, pero suficiente para levantar las pelusas, para moverlas. Y tosí, estornudé, y se me irritaron los ojos por culpa de la pelusita que nace en estos días de sol caluroso y de sombra fría.
Cosas que veo al pasar este domingo: puestos de comida vacíos en la plaza que está atrás del Correo Central, gente con remeras de Boca caminando por la Brown, una pareja andando en patines por la avenida Independencia, vestidos domingueros en las paradas de Retiro, un helado de frutilla abandonado en la puerta de la facultad de Sociales, un hombre preparando asado en una improvisada calle de la villa Itatí, unas viejas cruzando del bracete Las Flores sin mirar para ningún lado y dos autos que casi las pisan, esqueletos de conventillos abandonados desde el puente Avellaneda, banderas de muchos países colgadas de los postes de luz por Paseo Colón, un chico tocando un teclado en una habitación a oscuras en la calle Paraguay, una masa compacta de personas recorriendo la calle Defensa entre puestos de ferias con cosas que nadie quiere comprar, los tacos de mis botas pisando el pasto, el Kavanagh recortado sobre un cielo sin nubes, la plaza del Renunciamiento y el comedor “Copa de leche de los privilegiados” en Dock Sur, tres perros café con leche persiguiendo a unos chicos en bicicleta, una mujer lavando la ropa en el patio de su casa, tres chicos caminando por un senderito hacia el Auchan.
Icono de la bolsa en la que venía envuelta mi nueva impresora: ¿prohibido escanearse la cara?, ¿prohibido ponerse la bolsa en la cabeza? Los diseñadores gráficos, unos genios.