Voy engañada a la peor fiesta del mundo: una fiesta de profesoras de ELE y gringos. Ellas, todas chiquititas, con ropa de tela sintética, revoleando los pelos al ritmo de pop latino. Ellos, sudorosos al extremo, no compran un vaso de cerveza, compran dos porque saben que se acaba pronto y no quieren hacer la cola de nuevo. Sigo trabajando a las dos de la mañana teniendo conversaciones que no me interesa tener con unos y otros. Las sonrisas desmedidas, las fotos, la falsa alegría y la demagogia festiveril. Más tarde lo que queda es un muestrario de ebriedad y excitación no satisfecha. No hay nada más triste que un fin de fiesta. Detalle gracioso: vemos como una profesora se va con un alumno. Si prospera el romance, tendrán bebés rechonchitos.


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